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¿A quién ch*tas le gusta el Country?

Hay algo extraño en sentir nostalgia por una vida que nunca viviste, como extrañar el olor de una casa a la que nunca entraste. Supongo que eso es lo que me pasa con la música country.



Crecí en Monterrey. El paisaje de mi infancia no tiene nada que ver con carreteras vacías, graneros oxidados ni camionetas cubiertas de lodo. Mis recuerdos no están acompañados por luciérnagas ni estaciones de radio perdiendo señal entre montañas. Sin embargo, cada vez que escucho ciertas canciones siento una familiaridad difícil de explicar. No como quien recuerda algo, sino como quien reconoce algo que siempre estuvo esperando.


Quizás por eso nunca he entendido por qué tanta gente descarta la música country automáticamente, sin más. Algunos la reducen a una caricatura: botas, cerveza, patriotismo barato. Pero hay más que eso: una melancolía muy particular. Una devoción por la lentitud. Una necesidad casi desesperada de una existencia más pequeña.

No pequeña en importancia, sino en ruido.



Hace poco volví a escuchar a Credit Electric y entendí que gran parte de ese sentimiento regresó a través de ellos. Aunque ni siquiera hagan country realmente. Hay algo en su música -cierta calidez, cierta distancia- que vuelve a abrir la puerta a esa fantasía: conducir tranquilamente de noche, escuchar un cassette viejo mientras afuera sólo existe el sonido de los grillos y el motor cansado de una camioneta. La idea de una vida donde el tiempo no está fragmentado en notificaciones, tareas pendientes y pantallas brillantes.


A veces pienso que muchas de las cosas que amamos no provienen de la experiencia, sino de la ausencia. Nos aferramos a estéticas, sonidos o lugares porque contienen la promesa de una vida distinta. Más silenciosa. Más lenta. Tal vez más humana.

Y aunque nunca he experimentado nada de eso, lo aprecio como si lo hubiera hecho.


Cuanto más escucho a Credit Electric, entiendo por qué su música me conmueve tan profundamente. Posee una cualidad inexplicable, como si el tiempo se detuviera, como si las canciones existieran entre la memoria y el sueño; en ese preciso estado intermedio antes de conciliar el sueño.


Abundancia de guitarra pedal steel, grabaciones cálidas, voces lánguidas que siempre rozan las lágrimas. La voz de Ryan LoPilato casi se funde con el paisaje sonoro, como si cantar demasiado alto pudiera destruir algo preciado. Referencias a caminos interminables sin fin a la vista, como los créditos finales de una película. Peso emocional, fe, aislamiento. Cosas indescriptibles que se manifiestan hasta en los poros de la piel.


Y luego está esta extraña contradicción: aunque son de California, suenan como si vinieran de algún lugar perdido entre el Medio Oeste y el final de un camino rural húmedo. Muchas reseñas mencionan precisamente eso: "Pitch Pine Palace" y "Will I", son canciones que flotan "como humo azul" o música para escuchar "a las dos de la mañana bajo la lluvia". ¡Uff! se me antoGó un cigarrito.



Al escuchar SALVATION, pensé mucho en esto. En cómo algunas canciones suenan más como si hubieran sido descubiertas por casualidad que escritas. Incluso en sus momentos más oscuros, la banda nunca suena desesperada. Suenan distantes. Como si las canciones observaran el dolor desde una perspectiva diferente.


Creo que por eso su música me conmueve tanto. Porque no intenta vender una fantasía perfecta de la vida en el campo o de la vida cotidiana estadounidense; más bien, captura el anhelo universal de escapar del ruido del presente, aunque sea un poco. De vivir más despacio. De volver a sentir el tiempo conscientemente.


Y quizás eso es exactamente lo que echo de menos cuando escucho música country o bandas como Credit Electric: no una vida perdida, sino una vida que nunca existió y que aún extraño.





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